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A la medida de Bush

3 de junio de 2003

Los miembros del Grupo de los 8 coincidieron en calificar de éxito el encuentro de Evian, subrayando el restablecimiento de la unidad. Menos entusiasta resulta el balance en términos de acuerdos concretos.

Bush no aparece en la foto final, pero marcó la cumbre de Evian.Imagen: AP

Pocos resultados prácticos arrojó esta cumbre de Evian. La queja no es original. Suele repetirse tras los encuentros de los 7 principales países industrializados y Rusia (G-8). Habría que rendirse a la evidencia de que tales citas no son precisamente efectivas en lo que respecta a tomar medidas específicas para estimular la economía mundial, que era el objetivo original. En cambio, tienen efectos perceptibles en lo tocante a la atmósfera internacional. Y esé fue el aspecto más relevante de la conferencia.

Las señales de distensión entre Estados Unidos y los detractores de la guerra contra Irak emanadas de la cumbre del G-8 no fueron espontáneas, sino premeditadas. Revelan, en consecuencia, que de aquí en adelante las reglas del juego están claras, y todos están dispuestas a acatarlas. Fue, por ende, un triunfo diplomático en toda la línea para el presidente estadounidense, George Bush.

La declaración de Evian

A diferencia de lo ocurrido en los meses previos a la intervención militar en Irak, el gobernante norteamericano no se vio en el papel de tener que convencer a nadie. Ni siquiera tuvo que dar explicaciones formales por no haber logrado confirmar la existencia de arsenales prohibidos iraquíes, argumento que se utilizó para justificar la arremetida bélica. Por el contrario, fueron los integrantes del bando opuesto los que se esmeraron en darle el gusto en todo al jefe de la Casa Blanca. Los puntos incluidos en la declaración de Evian estuvieron hechos a su medida: disposición a colaborar en la reconstrucción de Irak, unanimidad en exhortar a Corea del Norte a abandonar sus proyectos nucleares e incluso preocupación conjunta por el programa atómico iraní.

Los alcances que podría llegar a tener este último asunto aún resultan difíciles de prever. Algunos analistas estiman que Washington ya tiene la mira puesta en Teherán, que podría correr la misma suerte que Bagdad si no entra en vereda. Durante los últimos años, los europeos han diferido de Estados Unidos en la forma de abordar el caso iraní. Mientras la Casa Blanca imponía sanciones, tratando de aislar política y económicamente a dicho régimen teocrático, en Europa se optaba por el llamado "diálogo crítico". Éste parte del supuesto de que no se debe cortar el contacto, sino incentivar a las corrientes aperturistas existentes en Irán.

Estrecho margen

En la nueva constelación, sin embargo, el margen de maniobra se estrecha. Los países de la Unión Europea, divididos como se mostraron ante la crisis iraquí, no están en condiciones de ofrecer alternativas efectivas en la política mundial. Estados Unidos, más consciente que nunca de que no tiene contrapeso, actúa como le parece conveniente. Eso no implica que no necesite en absoluto a sus aliados sino, simplemente, que está seguro de hallarlos en número suficiente, bajo sus propias premisas.

De momento, las condiciones son propicias para el acercamiento transatlántico. El presidente Bush puede contar con que Europa en pleno lo secunde de buen grado en su actual cometido de impulsar el proceso de paz en el Medio Oriente. ¿Pero qué ocurrirá si se plantea otra crisis como la de Irak, por ejemplo con su vecino, Irán? Probablemente esa pregunta no provoca actualmente insomnios en la Casa Blanca.

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