"El mundo no espera a Europa", declaró la portavoz de la industria automotriz alemana ante el aplazamiento del acuerdo entre la UE y el Mercosur y la postergación de la firma hasta enero de 2026.
Aunque solo se trataría de unas pocas semanas, esto dañaría la reputación de la economía europea y, en especial, la de Alemania como país exportador. A pesar de que quiere presentarse internacionalmente como una economía europea fuerte, la UE estaría enviando una señal de debilidad ante la presión de los agricultores europeos.
Pero de mayor importancia es que, además, la UE está poniendo en juego su credibilidad como socio negociador de acuerdos comerciales, sobre todo cuando este acuerdo ya tiene 25 años de negociaciones a sus espaldas.
Una señal geopolítica
En la justificación para mantener vigente el diseño inicial de una negociación interregional, siempre se insiste en que este acuerdo crearía un mercado de más de 700 millones de consumidores, lo que lo convertiría en una de las zonas comerciales más grandes del mundo.
Sin embargo, al mismo tiempo, tiene implicaciones adicionales que van más allá de la apertura de nuevas oportunidades para las empresas y el refuerzo de la competitividad, ya que la UE desea acceder a mercados y materias primas importantes.
Este interés extractivista se ha presentado como un argumento para la urgencia de concluir el proceso de ratificación, ya que Europa estaría perdiendo oportunidades frente a la competencia de otros países, como China, en el acceso a minerales y otras materias primas para la industria automotriz y las políticas de adaptación al cambio climático mediante la transición energética.
Al mismo tiempo, los principios de apertura y comercio justo han sufrido un considerable deterioro en las continuas renegociaciones, en las que se han ido debilitando las normas medioambientales, especialmente a petición de la parte latinoamericana. En un contexto de creciente proteccionismo en el comercio internacional, se han dado más señales de índole geopolítica que de mantener criterios de sostenibilidad e implementar políticas ambientales en consonancia con los intereses comerciales.
Los intereses de los agricultores
En las noches previas a la decisión de aplazar la firma, la UE acordó cláusulas adicionales de protección para los agricultores europeos que se manifestaban violentamente en Bruselas contra el acuerdo, aun en su forma mejorada.
Desde su punto de vista, las reglas para garantizar los precios en caso de que las importaciones procedentes de Sudamérica ejercieran presión sobre los agricultores locales eran insuficientes. Lo que piden es que se garantice el cumplimiento de los estándares de calidad de producción en el mercado interno de la UE ante una posible afluencia masiva de productos sudamericanos.
La primera ministra italiana, Giorgia Meloni, jugó un papel clave al insistir en un aplazamiento en el último momento para explicar mejor las nuevas reglas a los productores italianos. Sin embargo, sus reservas podrían deberse a su intención de obtener más dinero en las negociaciones sobre el presupuesto europeo.
Además, siempre se ha sospechado que estaría siguiendo presiones desde Washington, ya que el Gobierno estadounidense de Donald Trump querría impedir el acuerdo. La insistencia de Alemania en obtener una aprobación inmediata quedó a un lado, al igual que la presión ejercida por el presidente brasileño,Lula da Silva, quien había manifestado su decisión no querer seguir negociando con la UE durante su mandato presidencial.
La lógica del "ahora o nunca" fracasó
Cuanto más se acercaba el 19 de diciembre, fecha en la que se iba a rubricar el acuerdo UE-Mercosur en la Cumbre del Mercosur en Foz de Iguazú (Brasil), más se reafirmaba la idea de que, tras 25 años de maratonianas negociaciones (con pausas), habría llegado el momento de "ahora o nunca".
Sin embargo, el impulso político se habría disipado, ya que a finales de año la presidencia del Mercosur pasará de Brasil a Paraguay, que es más vacilante, por lo que la UE (especialmente Francia e Italia) deberían dejar de mostrarse reacios a negociar más ventajas nacionales. De lo contrario, Europa quedaría aislada en el panorama político mundial, como afirmaba el presidente del Consejo de la UE, António Costa.
Independientemente de la opinión que se tenga sobre este acuerdo y aunque se firmara en la nueva fecha prevista, en él vuelve a quedar patente la trampa que las organizaciones de presión y sus representantes se han tendido a sí mismas: con el discurso del "ahora o nunca" se da por sentada una irreversibilidad que, debido a lo mucho que hay en juego, podría conducir a consecuencias negativas irreversibles.
Pero esta situación amenazante no tiene cabida en este acuerdo, cuya continua revisión no lo ha mejorado, sino que solo ha permitido que las posiciones de los grupos de presión (de sectores y naciones individuales) avancen hacia una dilución y, finalmente, una división del acuerdo para su ratificación en dos partes: una comercial y otra de diálogo político y cooperación.
Aunque es cierto que un acuerdo de este tipo es mejor que ninguno o que sea suspendido, también es posible que un nuevo enfoque pueda resultar más satisfactorio, ya que la UE no solo se encuentra en una situación delicada por la pérdida de reputación internacional, sino también por su incapacidad para alcanzar acuerdos adecuados con Australia, India y otras potencias.
El modelo europeo de negociación está perdiendo aceptación, y hay que trabajar en ello. En cambio, es menos importante si Francia e Italia acaban consentir al final. El "efecto Bruselas", la manera cómo la Unión Europea, debido a su gran mercado y poder regulatorio, establece sus normas como estándares globales de facto, ha llegado a su límite y ahora hay que buscar nuevos enfoques, también con respecto al Mercosur, que está dividido en sí mismo.
El temor a una nueva pérdida de prestigio en la región es, sin duda, real, pero la política europea no ha logrado enviar otras señales más allá del acuerdo en cuestión, como quedó claro en la reciente cumbre UE-CELAC celebrada en Santa Marta (Colombia) con una asistencia reducida. La política del "ahora o nunca", incluso si tiene éxito en enero de 2026, oculta esta necesidad y no abre nuevos caminos.
(ms)
