Berlín y sus amigos
26 de diciembre de 2002
Los roces entre Berlín y Washington imprimieron una tónica inusitada al año que termina, en materia de política exterior. Aunque el gobierno alemán haya tratado de bajarle el perfil a la crisis, catalogándola de mera discrepancia entre amigos, lo cierto es que para nadie pasó inadvertido el hecho de que las relaciones se enfriaron en extremo. Tanto, que el presidente estadounidense llegó a aplicar la famosa "ley del hielo" al canciller Gerhard Schröder, quien se quedó esperando las felicitaciones de Washington por su reelección, a fines de septiembre.
El origen de la discordia
Los problemas surgieron al hacerse públicos los planes estadounidenses de lanzar un ataque contra Irak. El jefe de gobierno alemán, quien tras los atentados del 11 de septiembre del 2001 había prometido una "solidaridad irrestricta" a Washington, comenzó a actuar con colores propios. Y, en plena campaña electoral, levantó la consigna del rechazo categórico a una guerra que calificó de "aventura" militar. Sus argumentos: una intervención armada contra Bagdad desestabilizará a la región, con consecuencias incalculables, y socavará la acción de la alianza internacional contra el terrorismo.
Muchas conjeturas se han hecho en cuanto a las razones que indujeron a Schröder a dar ese paso. Como no se le atribuye el mismo grado de convicciones pacifistas que a los verdes, la deducción más sencilla fue que se trató de una maniobra electoralista. De hecho, su negativa a sumarse a los planes bélicos -sumada a la actuación del gobierno ante la catástrofe de las inundaciones en el este del país- fue un factor clave en el vuelco del electorado a su favor, en el último momento. Por otra parte, la postura del canciller también facilitó las cosas a sus aliados ecologistas, que un año antes habían tenido serias dificultades con sus bases a la hora de respaldar las operaciones militares en Afganistán.
Regreso a la arena mundial
Sin embargo, el episodio tiene un trasfondo mayor. Paulatinamente, la política exterior alemana ha ido adquiriendo un perfil propio, impensable décadas atrás. Desde los tiempos de Adenauer, la República Federal de Alemania se había mostrado dócil a los requerimientos de Estados Unidos, convertido en la gran potencia tutelar. Por otra parte, el trauma de la II Guerra Mundial mantenía a los alemanes voluntariamente marginados de cualquier actividad militar fuera del área de la OTAN. Por consiguiente, su papel se restringía a lo sumo a brindar apoyo financiero.
Pero los tiempos han cambiado. Soldados alemanes participan ahora en misiones internacionales de paz en los Balcanes y Afganistán, reflejando así el resultado de un proceso político interno: tras medio siglo de abstinencia, Alemania se siente en condiciones de volver a participar activamente en la toma de decisiones en la esfera mundial. La "independencia" mostrada por Schröder en el tema de Irak podría en suma interpretarse como un primer intento en este sentido, si bien los límites se perfilan claramente y Berlín ya comienza a cedera ante las presiones. Porque el marco en el que se mueve la diplomacia alemana está claramente definido por sus alianzas, a nivel europeo y transatlántico.