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China sembró 66.000 millones de árboles, pero algo raro pasó

Felipe Espinosa Wang con información de GRL, Live Science e IFLScience
8 de julio de 2026

Desde 1978, China ha plantado miles de millones de árboles para frenar el desierto. Ahora, un nuevo estudio revela un comportamiento inesperado en esos bosques.

Bosque protector junto al desierto de Taklamakán, en Xinjiang, China.
Bosque protector junto al desierto de Taklamakán, en Xinjiang, China.Imagen: Ding Lei/Xinhua/picture alliance

Si hay algo en lo que China rara vez decepciona es en su capacidad para pensar a lo grande. Rascacielos levantados en tiempo récord, puentes imposibles, ciudades enteras surgidas casi de la noche a la mañana y, desde hace casi medio siglo, un proyecto mucho menos vistoso, pero igual de descomunal: plantar árboles a una escala difícil de encontrar en cualquier otro lugar del mundo.

La Gran Muralla Verde contra el desierto

Desde 1978, el gigante asiático ha plantado unos 66.000 millones de árboles como parte de la llamada Gran Muralla Verde, una barrera vegetal diseñada para contener el avance de los desiertos de Gobi y Taklamakán. El objetivo era evitar que la arena siguiera devorando las praderas del norte del país, una región donde el Gobi llegaba a ganar más de 2.600 kilómetros cuadrados al año.

Según Live Science, de aquí a mediados de siglo China prevé plantar otros 34.000 millones de árboles, transformando aún más un paisaje que ya poco tiene que ver con el de finales de los años setenta.

Lo curioso es que esta gigantesca muralla de árboles nunca nació con la intención de combatir el cambio climático, sino de detener el desierto. Aun así, sus efectos han ido mucho más allá de ese objetivo inicial.

Según Nature, la cobertura forestal en las regiones afectadas pasó del 5 % en 1978 al 14 % en 2023. Con ello no solo han disminuido las tormentas de polvo, sino que también ha mejorado la calidad del aire en grandes ciudades.

Voluntarios plantan árboles contra la desertificación en Minqin, provincia de Gansu.Imagen: Lang Bingbing/Xinhua/picture alliance

Bosques plantados crecen más rápido que los naturales

Ahora, una nueva investigación publicada en Geophysical Research Letters añade otro giro inesperado a la historia. Los bosques plantados parecen responder al aumento del CO₂ de forma distinta que los naturales. Esa diferencia se traduce en un aumento mucho más rápido de su cobertura foliar, aunque los investigadores todavía no saben con certeza qué mecanismos la explican.

Para llegar a esa conclusión, el equipo dirigido por el ecólogo paisajista Yuhang Luo, de la Universidad de Pekín en Shenzhen, analizó observaciones por satélite del índice de área foliar, una medida de la densidad del follaje relacionada con la capacidad de los bosques para captar carbono. Los resultados mostraron que este indicador aumentó un 66 % más rápido en los bosques plantados que en los naturales.

Un factor de gestión, no solo de edad

Parte de esa ventaja se explica porque las plantaciones son mucho más jóvenes y todavía atraviesan su fase de mayor crecimiento. Sin embargo, la edad no basta para explicar el fenómeno. Incluso al comparar estas plantaciones con bosques de edades y condiciones similares, los plantados crecían un 4,6 % más rápido.

Otra parte de la explicación está en la forma en que se gestionan estas plantaciones. No solo suelen estar formadas por especies de crecimiento rápido, como eucaliptos o álamos, sino que además reciben un manejo forestal más intensivo. Estas prácticas, según explica Live Science, reducen la competencia por recursos esenciales, como la luz, el agua y los nutrientes, lo que refuerza la respuesta de los árboles al aumento del CO₂ atmosférico.

Una estudiante trabaja en el proyecto de la Gran Muralla Verde, en el desierto de Kubuqi, Mongolia Interior.Imagen: Pedro Pardo/AFP

Una ventaja con fecha de caducidad

Esa ventaja, sin embargo, parece tener fecha de caducidad, ya que alcanza su máximo cuando los árboles tienen entre 30 y 40 años y luego empieza a reducirse. Los bosques naturales, en cambio, mantienen un desarrollo más lento pero constante, lo que les da ventaja para el almacenamiento de carbono y la resiliencia a largo plazo, según las conclusiones del estudio.

Luo sostiene que estos resultados exponen una limitación de muchos modelos climáticos actuales, que no diferencian lo suficiente entre bosques naturales y plantados ni consideran la edad o el historial de gestión de cada masa forestal, lo que puede distorsionar la lectura de su capacidad real de captura de carbono.

"Los bosques plantados pueden ser una herramienta muy eficaz a corto plazo para la captura de carbono, pero esta ventaja es temporal. Para el almacenamiento de carbono y la resiliencia a largo plazo, los bosques naturales siguen siendo insustituibles", señaló Luo a Live Science.

Voces críticas frente al estudio

Sin embargo, no todos comparten las conclusiones del estudio. Kevin Dsouza, investigador que trabajó en modelos de reforestación en la Universidad de Waterloo y que no participó en la investigación, explicó a Live Science que el índice de área foliar es un indicador útil, pero insuficiente para estimar cuánto carbono almacena realmente un bosque. Buena parte se acumula también en la madera, la corteza, las raíces y el suelo, no solo en el dosel.

De hecho, explicó Dsouza, otro estudio sobre los bosques chinos encontró que los naturales pueden acumular más carbono sobre el suelo durante sus primeros años, por lo que estos resultados conviene interpretarlos con prudencia.

Agricultores cultivan calabazas en terreno ganado al desierto de Taklamakán.Imagen: Ding Lei/Xinhua/picture alliance

Un sumidero de carbono a gran escala

Con todo, la magnitud del proyecto sigue siendo excepcional. En 2020, los bosques plantados del sur de China cubrían 90,31 millones de hectáreas, el 36,6 % de la superficie forestal total del país, de acuerdo con IFLScience. Otra investigación estimó además que la franja arbolada junto al desierto de Taklamakán captaba alrededor de 8,3 millones de toneladas de CO₂ al año entre 2004 y 2017, mientras emitía unas 6,7 millones, lo que indica que actuó como un sumidero neto de carbono durante ese periodo.

Para Luo, la lección no es dejar de plantar, sino hacerlo con más criterio: cuándo, qué especies y cómo gestionarlas después. En su opinión, el objetivo es ofrecer "una guía más práctica para la acción climática basada en los bosques" que ayude a mejorar los futuros proyectos de reforestación a gran escala.

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