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Moralejas olvidadas de la guerra

Martin Muno
5 de junio de 2019

Lo que debimos haber aprendido de la Segunda Guerra Mundial pasa inadvertido mientras los representantes de varios Estados conmemoran el septuagésimo quinto aniversario del Día D con bombos y platillos, opina Martin Muno

Großbritannien D-Day-Gedenkveranstaltung in Portsmouth
Muno: La ceremonia conmemorativa de Portsmouth fue espectacular, pero...Imagen: Getty Images/AFP/D. Leal-Olivas

¡Qué rimbombante ha sido la ceremonia conmemorativa del 75º aniversario del Día D en el Reino Unido! A la enorme cúpula erigida en Portsmouth se sumó un show multimedia y un espectáculo militar. De tanta pompa, los trescientos veteranos sobrevivientes que participaron en el desembarco de Normandía quedaron relegados a un segundo plano, a pesar de que eran precisamente las caras arrugadas de estos hombres –todos mayores de noventa años– las que mejor reflejaban la importancia de recordar los estragos del nacionalsocialismo, la Segunda Guerra Mundial y la paz que reina en Europa desde entonces. La frase "¡Nunca olvidar!” aplica, desde luego, para el régimen asesino de Adolf Hitler, quien quería eliminar todo lo que no cupiera en la estrecha noción que tenía de la alemana como raza superior y, en consecuencia, dio inicio a la Segunda Guerra Mundial.

Martin Muno, comentarista de DW.

Pero quien tenga eso en la memoria debe recordar también a millones de personas de todas partes del mundo que se unieron para ofrecerle resistencia y pagaron con sangre un precio muy alto. Los 150.000 soldados aliados que desembarcaron en las playas de Normandía hace 75 años fueron la encarnación de esa resistencia, independientemente de sus respectivas nacionalidades. O como lo dijo el expresidente francés François Hollande durante la conmemoración del 70º aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial: "La victoria del 8 de mayo no fue la victoria de una nación sobre otra, sino la victoria de un ideal sobre una ideología totalitaria”.

"Una cuestión de guerra y paz”

Lo que da miedo por estos días es el hecho de vernos obligados, por necesidad, a recordar a viva voz los factores que hicieron posible la paz. Esos factores son: el reconocimiento incondicional de los derechos humanos como fundamento de todo orden civilizatorio, el Derecho Internacional, la cooperación multilateral y el rechazo de todo nacionalismo.

Es evidente que para eso hacen falta instituciones supranacionales fuertes. Eso lo destacaba una y otra vez el excanciller de Alemania Helmut Kohl, cuando decía que la unificación de Europa no era solamente un proyecto económico, sino una cuestión existencial, una cuestión de guerra y paz.

Pero esa conciencia se está perdiendo en todas partes. El anfitrión de la ceremonia aludida, Gran Bretaña, piensa que estaría mejor por su cuenta que alineado con los socios de la Unión Europea. En el Reino Unido, los radicales partidarios del "brexit” tolerarían hasta las desventajas económicas más grandes en nombre del orgullo nacional. Esta ideología se disemina por toda Europa: el nacionalismo brota no solamente en Hungría, Polonia o Italia, sino también en Alemania, donde los populistas de derecha del partido AfD celebran triunfos electorales en los Estados federados orientales.

Eso sí, la personificación de esta ideología es el presidente de Estados Unidos, Donald Trump: su programa consiste en tratar al resto de las naciones como medios para un fin –"Make America Great Again”– y soportar crisis económicas, conflictos bélicos o el fracaso de los acuerdos climáticos para conseguir su propósito.

La moraleja esencial del Día D o del 8 de mayo es: cuando los pueblos cooperan, celebran victorias; cuando el nacionalismo se impone, la guerra y la violencia no están muy lejos.

(erc/ers)

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