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Cameron cumple 100

19 de agosto de 2010

Los problemas que David Cameron encontró cuando asumió el Gobierno de Gran Bretaña no han perdido vigencia, y es que no tenía espacio para maniobrar ni as alguno en la manga: su meta era ahorrar todo lo posible.

Cameron ya no disfruta de la confianza que el electorado le tenía cuando llegó a Downing Street.Imagen: AP

Hasta los políticos más poderosos del mundo sienten cosquilleos cuando se acerca la fecha en que sus Gobiernos cumplen los primeros cien días, un hito relevante precisamente por su carga simbólica y su capacidad para catapultar, apuntalar o enterrar la popularidad de un mandatario. Este jueves (19.8.2010) le llegó la hora al Primer Ministro británico, el conservador David Cameron, y a su "segundo", el liberal Nick Clegg, y ninguno de los dos da la impresión de seguir disfrutando de la confianza que el electorado les tenía cuando llegaron a Downing Street.

“La euforia duró muy poco”, “Los británicos están decepcionados”, “Los problemas siguen estando ahí”; frases como estas aderezan los titulares de la prensa británica y los reportes de las agencias de noticias. Y es que, ciertamente, los problemas que Cameron y Clegg encontraron cuando asumieron el Gobierno no han perdido vigencia; entre otras razones porque Cameron no tenía espacio para maniobrar ni as alguno en la manga: sus prioridades como sucesor de Gordon Brown eran ahorrar, ahorrar y ahorrar, y hacerlo a cualquier precio.

Finanzas casi tan maltrechas como las griegas

Las prioridades de Cameron como sucesor de Gordon Brown eran ahorrar a toda costa.Imagen: AP

Muchos encontrarán la comparación exagerada, pero las finazas británicas estaban en una situación casi tan precaria como las griegas: el déficit nacional superaba en un diez por ciento al Producto Interno Bruto (PIB) y la deuda ascendía a 900.000 millones de libras, una suma que luce mucho más apabullante cuando se traduce en dólares: 1,4 billones. Con semejante reto en sus manos y tras haber prometido afrontar el problema sin hacer concesiones, no es de extrañar que Cameron haya terminado entre la espada y la pared o, mejor dicho, entre los riesgos económicos presentados por las circunstancias y los riesgos políticos de sus decisiones.

Clegg, quien de ser la personalidad carismática de la campaña electoral hace tres meses se convirtió en el socio menor del Gobierno –el primer Gobierno de coalición en el Reino Unido tras la Segunda Guerra Mundial– ha tenido que ver cómo sus índices de popularidad descienden a gran velocidad, de un 23 por ciento a un 15 por ciento, según una encuesta publicada este miércoles (18.8.2010). Y la imagen de Cameron también está cayendo paulatinamente.

Recortes a todo precio

Los índices de popularidad de Clegg han descendido a gran velocidad, de un 23 por ciento a un 15 por ciento.Imagen: AP

Uno de los grandes peligros –no solamente para la popularidad del Primer Ministro, sino sobre todo para la economía británica y, por extensión, para el bienestar de la población– sigue siendo que los recortes merman la capacidad de crecimiento del país tras una de por sí muy larga recesión. El Bank of England ya corrigió a la baja los pronósticos de crecimiento y atribuyó este cambio de vientos a las secuelas del paquete de ahorro implementado por Cameron; unas medidas de recorte que no mostraron compasión por nadie.

Sólo por ejemplo, los ministerios deben reducir sus respectivos presupuestos en hasta un 40 por ciento, el derecho de las personas discapacitadas a una vivienda de por vida dejará de tener vigencia en poco tiempo, la construcción de cientos de plazas ha sido cancelada, y la edad a la que los trabajadores tienen permitido jubilarse ascenderá como lo hará también el Impuesto al Valor Agregado. Por otro lado, los evasores de impuestos y quienes se aprovechen de ayudas sociales apelando a tretas ilegales pueden contar con que el Gobierno británico estará tras su pista con más ímpetu que de costumbre.

Los traspiés de Cameron

¿Qué otra cosa podría haber marchado mal para hacerle la vida más dura a Cameron y a Clegg? La política exterior británica.Imagen: picture-alliance/dpa

La economía reaccionó casi de inmediato a las medidas gubernamentales de ahorro: el precio de la vivienda va en picada, la asociación de minoristas BRC percibe incertidumbre entre los consumidores y los sindicatos comienzan a amenazar con hacer huelga para orear su descontento con los recortes, descritos por el periódico Daily Telegraph como los más duros implementados jamás por una democracia occidental. ¿Qué otra cosa podría haber marchado mal para hacerle la vida más difícil a David Cameron? Su política exterior.

Al comienzo de su mandato, el jefe de la diplomacia británica, William Hague, anunció que el país cultivaría sus relaciones exteriores con otras metas en mente, incluyendo el fomento de la cooperación con potencias emergentes como Brasil, Rusia, India y China. Sin embargo, fue el propio Cameron quien terminó saboteando las nuevas estrategias de acercamiento al usar un tono que incomodó a sus homólogos de Pakistán e Israel. Su apresurada conclusión de que Irán ya tiene la bomba atómica lo convirtió en el objeto de las burlas de una oposición que, por su parte, aún está golpeada tras su fracaso en las pasadas elecciones; un hecho que no le sirve de consuelo a Cameron. El actual Primer Ministro británico ha aprendido por las malas lo volátil que puede ser la popularidad de un gobernante.

Autor: Evan Romero-Castillo
Editor: Pablo Kummetz

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