Mi país es hoy por hoy propiedad de un solo hombre: Nayib Bukele. Es suyo, lo posee, lo puede moldear a su antojo, como ya lo hizo. Puede cambiarle la moneda si quiere ―como ya quiso una vez―; puede cambiar su demarcación administrativa ―como ya lo hizo también―; puede reelegirse ―como se reeligió―; puede seguir reeligiéndose ―como ya anunció que lo hará―; puede pactar con sus criminales, decretar un régimen de excepción, ocultar toda la información que le apetezca, proclamarse como el intérprete de Dios, destituir a cualquier juez cuando le dé la gana, vestirse como emperador futurista para dar discursos seudoreligiosos desde el balcón del Palacio Nacional, construir una megacárcel y alquilarla para refundir a migrantes enviados desde Estados Unidos, difamar a cuanto periodista y activista le apetezca ―como ya lo hizo, todo eso lo hizo―.
Y hará más cosas. Y exiliará a más gente. Y reprimirá a más, a muchos más. Y encarcelará a más, a muchos más. Quien no quiera verlo, no lo vea. Quien no quiera verlo, espere, tarde o temprano tendrá que verlo. Bukele tiene 44 años y, al parecer, mucha voluntad y energía para seguir haciendo lo que le dé la gana.
A los que padecemos ese albedrío desde el exilio o desde ese país que no es sino una finca de Bukele, lo que nos queda es sobrevivir y, si se puede, seguir haciendo aquello que nos conminó a la persecución: periodismo, activismo, política, arte, civismo.
Pero también nos queda como ciudadanos apaleados algo más, algo imperativo aunque parezca inalcanzable; algo creativo en medio de la represión. Nos queda imaginarnos El Salvador después de Bukele. Porque las dictaduras acaban, aunque parezcan roca inmortal, mueren, se deshacen, y entonces quedan pedacitos y ya no roca, sino suciedad, desorden.
A este tema volveré en alguna otra columna, porque uno no se imagina un futuro nacional solo ni en un ratito. Muy cronista puedo ser, pero no me atrevo a describir imágenes de ese futuro que llegará, porque llegará, pero me atrevo a dejar preguntas para este presente que debe nutrir lo que vendrá.
¿Cómo enseñaremos en un futuro a los policías que ahora tienen veintipocos años que no pueden capturar a quien les dé la gana solo para satisfacer los discursos políticos del líder? ¿Cómo enseñaremos a los fiscales que no pueden acusar a decenas de personas en un solo expediente y sin pruebas de ninguna naturaleza? ¿Cómo enseñaremos a los jueces a condenar solo si hay evidencia? ¿Cómo recordaremos a los forenses que deben ser escrupulosos y analizar esos cuerpos que salen de las cárceles como si fueran los de un hermano y escribir en las autopsias que aquella herida parecía ser producto de un golpe contundente y no de un "edema pulmonar", como escriben en todos esos papeles? ¿Cómo obligaremos a los custodios carcelarios a eliminar la tortura de sus protocolos?
¿Cómo los castigaremos? ¿A quiénes castigaremos? ¿A quiénes perdonaremos? Porque tocará perdonar, no tengan duda, tocará perdonar. ¿A quiénes castigaremos?
Y a los soldados… A los soldados como… ¿Cómo haremos lo único que toca hacer con ellos, que es meterlos de vuelta a los cuarteles? ¿Cómo les haremos entender que nos costó una sangrienta guerra de 12 años lograr que no anden en las calles arrestando a nuestros hijos cuando les dé la gana, ni cortándoles el pelo, ni encargándose del Ministerio de Educación? ¿Y si, ya empoderados como están, no quieren entender, cómo lidiaremos con ellos y sus fusiles?
Y a los periodistas devenidos en propagandistas de la dictadura, empleados de la maquinaria de mentira, burla y difamación, ¿qué les diremos cuando esto acabe? ¿Qué les responderemos cuando argumenten que también tenían miedo, que tenían hijos que alimentar? Y a los académicos vendidos, que renunciaron a toda la evidencia y al método para aplaudir desde sus palabras rebuscadas la construcción de un dictador, ¿qué les diremos? No teníamos opción, dirán algunos, cuando otros tantos tuvieron que exiliarse. ¿Qué les diremos?
Y a los artistas que ahora mismo no se atreven, como es normal, a hacer su arte libre y de denuncia, ¿cómo los convenceremos de que ya pasó, de que los queremos críticos, rebeldes y libres otra vez?
Y a los que, sin duda alguna, mamaron de la dictadura, empresarios, diputados, funcionarios, diplomáticos, y que cuando todo pase acabarán quizá con las bolsas bien llenas de monedas, ¿qué les diremos? ¿Les dejaremos sus monedas?
¿Cómo volveremos a ser una república, una donde quepan todos o casi todos? ¿Cómo nos sacudiremos la rabia y avanzaremos sin el odio como remo?
Preguntémonos esto y más. Preguntémonos esto sobre todo los aplastados del presente. Reivindiquemos lo que nos pasó diseñando en nuestras cabezas un país que no existe, pero que ojalá exista. Contémonoslo.
¿Cómo lo haremos cuando Bukele ya no sea todopoderoso?
(rml)
