La próxima reunión de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), prevista para el 21 de marzo en Bogotá, la capital de Colombia, podría haber sido una oportunidad para relanzar la unidad latinoamericana, en un momento de profundas tensiones internacionales y de cambios estructurales en el ejercicio del poder en el continente americano.
Sin embargo, ya antes del evento se vislumbra la división entre los diferentes Gobiernos —algunos aliados con Washington y otros en oposición a la administración de Donald Trump—, que no permite encontrar posiciones comunes ante los desafíos de la región, como la aguda situación de Cuba y la difusa constelación del caso venezolano.
Además, se manifiestan nuevas confrontaciones entre Colombia y Ecuador, con un aumento de las tensiones y presencia militar, adicionales a las presiones ejercidas por Estados Unidos.
El mandato histórico de la CELAC
Así, para la Cumbre de Bogotá, la CELAC no se muestra en condiciones de contribuir a la solución de conflictos, sino que funciona más bien como expresión y espacio para la manifestación de desacuerdos y bloqueos regionales.
Lo que se concibió en su fundación, el 3 de diciembre de 2011, como un mecanismo de concertación e integración regional, se ha convertido en un foro que no logra alcanzar su anhelado objetivo regional de movilizar los esfuerzos entre los Estados de América Latina y el Caribe, con el fin de avanzar en la unidad y la integración política, económica, social y cultural; aumentar el bienestar social y la calidad de vida, así como el crecimiento económico de la región, y promover el desarrollo independiente y sostenible, sobre la base de la democracia, la equidad y la más amplia justicia social.
Gobiernos como el del ahora expresidente brasileño Jair Bolsonaro decidieron en su momento retirarse de la CELAC; otros, como el de Javier Milei, simplemente la desconocen y rechazan asistir a sus reuniones. Así, el afán ideológico y la intención de aliarse simbólica y materialmente con EE. UU. contribuyen a la desarticulación del único lugar de diálogo existente entre los Gobiernos latinoamericanos y caribeños.
Al parecer, en la región no existe la necesidad de alcanzar acuerdos, ni la disposición para aceptar al vecino que sigue una línea doctrinaria diferente, ni se espera nada de un acercamiento de posturas para llevar a cabo proyectos de carácter regional en materia comercial, de infraestructuras, de lucha contra la delincuencia o de control de catástrofes naturales.
De esta manera, en la Cumbre de Bogotá, el mecanismo de la CELAC servirá esencialmente para que Colombia traspase a Uruguay la presidencia pro témpore y se celebre un Foro de Alto Nivel CELAC-África, dando continuidad a los diferentes diálogos mantenidos con otras regiones del mundo, especialmente con socios extrarregionales, dando seguimiento a Foros como CELAC-China, el Plan de Trabajo Conjunto, la Hoja de Ruta y las Cumbres Unión Europea-CELAC durante la presidencia colombiana.
En contrapartida, los avances del diálogo sobre integración regional, como el Plan de Interconexión Eléctrica Regional y la exploración para la creación de un tratado de integración energética para América Latina y el Caribe, no logran mayores avances, de manera que la visibilidad de la CELAC se ha reducido a las conversaciones con socios extrarregionales.
Las aspiraciones frustradas de Gustavo Petro
Aunque las expectativas de cooperación en el marco de la CELAC siempre fueron mayores que las posibilidades reales, en el caso del anfitrión, Gustavo Petro, las aspiraciones que se articulaban al inicio de la presidencia colombiana se han visto frenadas no solo por el impacto de las acciones del Gobierno estadounidense en Venezuela, Cuba, Irán y Gaza, sino también por la escasa aceptación de sus iniciativas, incluso entre los propios vecinos del país andino.
Brasil no ha mostrado apertura para apoyar las propuestas medioambientales en la Amazonía. Y los desafíos comunes en materia de seguridad no han avanzado a través de una mayor cooperación para hacer frente a delitos como el narcotráfico, la trata de personas y el contrabando, que se han topado con el control nacional en las respectivas fronteras y con la defensa ante las presiones de Washington.
Mucho menos se han visto avances en materia de migración, donde la disposición para hacerse cargo de refugiados y exiliados venezolanos y nicaragüenses ha disminuido, llegando a políticas desenfrenadas de expulsión de los contingentes correspondientes, como promueve el nuevo presidente chileno, José Antonio Kast.
A pesar de las múltiples llamadas a la defensa del multilateralismo, muchos Gobiernos de la región optaron por privilegiar las relaciones bilaterales con Washington y alejarse de cualquier situación que pudiera reflejar una posición común frente al intervencionismo y la violación de la soberanía por parte de EE. UU.
Así, Petro se encontró, en cierto modo, en una situación de vacío al tratar de obtener respuestas conjuntas a los acontecimientos que se han producido durante su presidencia de la CELAC. Además, su tendencia a adelantar una posición propia y a buscar posteriormente el consenso en la región obstaculizó cualquier intento de actuación conjunta.
La CELAC, ¿más proyección que realidad?
A pesar de que antes de la Cumbre de la CELAC de 2026 se celebrarán múltiples reuniones entre coordinadores nacionales y ministros de Exteriores para definir los elementos de una declaración conjunta, hay muchas dudas acerca de las medidas que se tomarán y que tendrán un mayor alcance para el presidente uruguayo, Yamandú Orsi, que se hará cargo de la CELAC en los próximos doce meses.
Orsi tendrá que demostrar mucha capacidad diplomática para poder avanzar en la gestión de este mecanismo de concertación desde un país pequeño, lo que podría considerarse una cierta ventaja para no generar mucha suspicacia por parte de los grandes actores regionales. La presidencia colombiana de la CELAC ha demostrado lo poco provechoso que resulta el ejercicio de las Cumbres y la diplomacia presidencial, lo que indica la necesidad de lanzar iniciativas a nivel meso y microdiplomático, si se espera que tengan alguna posibilidad de avanzar.
(rml)
