La manzana de la discordia
15 de julio de 2002
La política de subvenciones agrarias consume cerca de la mitad del presupuesto global de la Unión Europea. Más de 40 mil millones de euros fueron destinados en el año 2000 a subsidiar la agricultura, haciendo caso omiso de la en otros casos tan apreciada ley de la oferta y la demanda. Resultado: Europa genera insólitos excedentes de producción, distorsiona los precios en el mercado y ni siquiera logra garantizar los estándares de calidad necesarios para resguardar la salud de los consumidores. Los sucesivos escándalos, como el de las vacas locas y el de la contaminación de piensos con hormonas o antibióticos, dan cuenta de las falencias del sistema.
Calidad vs. Cantidad
Podría decirse que esa es harina de otro costal, pero también este aspecto incide en los planes de reforma presentados por el Comisario de Agricultura, Franz Fischler. Su propuesta, aprobada por la Comisión Europea pero agriamente discutida en Bruselas por los ministros del ramo, apunta justamente a supeditar las subvenciones a nuevos criterios, como la calidad de los productos y el respeto del medio ambiente.
Eso supondría favorecer a quienes practican la agricultura ecológica, en detrimento de las grandes empresas de la agroindustria, hasta ahora "recompensadas" por la cantidad de producción.
Pero, al margen de la contraposición de visiones, lo que está en juego es mucho dinero. Si bien el proyecto que está sobre la mesa no implica un ahorro en términos globales, sino más bien una redistribución de los fondos, la meta de una reestructuración de la política agraria debería ser hacerla viable financieramente. Porque el sistema actual se volverá impagable, a más tardar cuando se amplíe la Unión Europea hacia el Este.
La pugna franco-germana
Alemanes y franceses defienden, en este punto, intereses antagónicos. Una mirada a las cifras deja de inmediato en evidencia los motivos. En el año 2000, Alemania pagó 9.900 millones de euros al fondo de la política agrícola comunitaria. De vuelta recibió algo más de 5.500 millones, por concepto de subvenciones. La cuenta arroja pues un saldo en contra de más de 4.300 millones de euros. Francia, en cambio, obtuvo ese mismo año un saldo a favor de 2.300 euros, es decir, resulta claramente beneficiado por el actual sistema.
París intenta pues, a toda costa, mantener sus beneficios y se niega a discutir una reforma antes del 2006, fecha prevista originalmente para efectuar una nueva planificación financiera en la Unión Europea. Berlín desea en cambio llevar a cabo una reforma cuanto antes, consciente de que la adhesión de nuevos miembros a la UE le supondrá incrementar aún más sus aportes netos.
Pero también en Alemania se alzan voces que apoyan la postura francesa. Por ejemplo, las de los agricultores que ven amenazados sus ingresos. Y también la del candidato conservador a canciller, Edmund Stoiber, quien visita ahora París abogando por una revitalización de las relaciones franco-germanas y proclama que las reformas deberían acometerse dentro de 2 o 4 años. Miel para los oídos del gobierno galo.