En el debate sobre cuál será el próximo país en sufrir los embates de Donald Trump, México ocupa uno de los primeros puestos.
Aunque se considera uno de los pilares de la relación comercial en Norteamérica, también se le ve como el principal crítico diplomático y como un nodo económico indispensable en el orden regional que la Administración Trump trata de construir desde Washington.
La operación militar de EE. UU. en Venezuela ha colocado a México en una posición precaria, en la que de nuevo debe buscar un equilibrio entre su compromiso constitucional de no intervención y su profunda integración económica con EE. UU.
Es precisamente en el territorio mexicano donde se manifiesta con fuerza la marcada división ideológica centrada, por un lado, en la seguridad y, por otro, en la soberanía nacional.
Equilibrio de intereses
En el actual reajuste político de América Latina, los países se enfrentan a la disyuntiva de permanecer en el sur global o situarse dentro de una renovada esfera comercial y de seguridad de EE. UU.
México trata de ocupar los dos lugares al mismo tiempo: mantener una posición crítica hacia las acciones de Washington en Venezuela desde su tradición normativa en política exterior y no arriesgar sus privilegios comerciales con EE. UU.
Es precisamente en este acto de conciliar sus intereses en el que la presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, trata de no perder el difícil equilibrio ante los recurrentes anuncios de Donald Trump de querer resolver a su manera los problemas del tráfico de drogas y de las estructuras criminales en territorio mexicano.
A primera vista, Sheinbaum parecía poder defenderse mejor que otros jefes de Estado de la región frente a los embates de Trump, pero en las últimas semanas han surgido dudas con respecto al camino que ha elegido.
¿El final del método Sheinbaum?
Como manifestaron algunos comentaristas, Sheinbaum habría tenido éxito en "quitarle testosterona a la ecuación" México-EE. UU. en 2025, pero parece que los niveles de testosterona han vuelto a subir en el contexto de la intervención militar en Venezuela.
Con su lema "Cooperación, sí; subordinación, no", la mandataria mexicana había proyectado una imagen de firmeza, logrando con cierto éxito revertir temporalmente los repetidos anuncios e imposiciones de aranceles por parte de Washington.
Una larga serie de llamadas telefónicas con el presidente de EE. UU. —sin que hasta la fecha se haya producido un encuentro bilateral más amplio— fueron suficientes para que recibiera elogios por su calma inteligente y la paciencia estratégica con la que estaba gestionando esta tormentosa relación con su homólogo al otro lado de la frontera.
Pero la estrategia de no responder a la retórica de Trump parece haber llegado a su fin con el anuncio de este último, quien, después de la intervención en Venezuela, afirmó: "Hay que hacer algo con México, ya que los cárteles y no la presidenta están gobernando el país", insistiendo posteriormente en que "vamos a empezar ahora a atacar por tierra a los cárteles".
Cautela ante nuevas iniciativas
Desde entonces, la presidenta se muestra mucho más nerviosa en sus mañaneras al presentar iniciativas que anteriormente eran ajenas a su posicionamiento, en cierto modo aislacionista, heredado de su antecesor.
México participó en una declaración conjunta con España, Brasil, Chile, Colombia y Uruguay en la que estos países mostraron su "rechazo" a "las acciones unilaterales" de EE. UU., algo que anteriormente se había evitado para no contaminar la relación con este país con la participación de otros Estados.
Además, la presidenta pidió en una declaración del Ejecutivo que se mantuviera la unidad nacional frente a las advertencias de Donald Trump, lo que supone un cambio de discurso respecto a la postura dominante de rechazo a cualquier relación con la oposición.
Finalmente, la propia presidenta participó en debates poco fructíferos con la prensa, criticando a periódicos y periodistas que, en su opinión, no reflejaban adecuadamente su nuevo discurso y denunciando posturas "antipatrióticas" y manipulación periodística.
Independientemente de si las posiciones criticadas eran adecuadas, la confrontación de la presidenta con ciertos comunicadores públicos refleja el nerviosismo de la presidencia mexicana, que ahora se enfrenta a la desagradable realidad de carecer de instrumentos efectivos para contrarrestar las cada vez más inminentes intervenciones verbales de Trump en defensa de la soberanía nacional o prevenir posibles actos militares en territorio nacional.
Ahora le corresponde a Sheinbaum reajustar su agenda externa con la actuación interna partidista, recalibrando su gestión frente a los grandes temas del año 2026.
La renegociación del T-MEC
Se hace patente que la presidenta está enfrentando una encrucijada en la gestión de la relación con EE. UU., en la que se entremezclan la política interna y externa de manera muy compleja.
La renegociación del T-MEC (el Tratado de Libre Comercio con Canadá y EE. UU.) es el punto central de la agenda del año 2026 y refleja como en un cristal de aumento todas las problemáticas a las que se enfrenta México.
No solo se abordarán temas espinosos como las reglas de origen claras, el funcionamiento de aduanas modernas, mecanismos de solución de controversias eficaces y compromisos creíbles en materia laboral y medioambiental por parte de México, sino que también se tratarán otros aspectos. También se abordarán temas de seguridad y migración, las relaciones con China y el futuro de la cooperación (no solo comercial) en la región en términos más o menos simétricos.
Todo ello en el contexto desafiante de un crecimiento económico débil y unas finanzas bajo presión, la necesidad de preservar ventajas arancelarias y atraer inversión para mantener vigente el modelo de desarrollo de México de cara al futuro.
Es evidente que Sheinbaum no podrá seguir desautorizando cualquier voz opositora y denostando las críticas desde la sociedad mexicana, recurriendo a su relación con "el pueblo" y convocándolo al estilo del pasado, según necesidad política, a concentraciones en el Zócalo de la capital. La presidenta mexicana también tendrá que reajustar su estilo político y articular políticas de Estado para gobernar el país con éxito en tiempos turbulentos y difíciles.
(ms)
