París y Berlín hacen causa común
18 de octubre de 2002
Que las relaciones entre Alemania y Francia no atraviesan el mejor de sus momentos es un secreto a voces, que inquieta a quienes temen desajustes en el tradicional "motor" de la integración europea. De hecho, persisten entre París y Berlín las discrepancias sobre el costo financiero que implicará la ampliación de la Unión Europea hacia el Este, particularmente en el capítulo de la política de subvenciones agrícolas. Así quedó de manifiesto una vez más en la cumbre informal que sostuvieron el presidente Jacques Chirac y el canciller Gerhard Schröder, en París.
Sin embargo, el encuentro también sirvió para evidenciar los puntos de concordancia. Por ejemplo, en lo que respecta a la crisis iraquí, el discurso de ambos gobernantes ha desembocado en una posición compartida: sólo el Consejo de Seguridad de la ONU tiene atribuciones para imponer condiciones a la reanudación de las inspecciones de armas en Irak.
La dimensión política del crecimiento
Más allá de lo anterior, Chirac y Schröder descubrieron otra coincidencia, forzada por la necesidad, que sigue exhibiendo su proverbial cara de hereje. Después de que Francia anunciara públicamente hace una semana que no está dispuesta a asumir el compromiso de reducir su déficit fiscal en un 0,5% anual, a partir del 2003, también Alemania demanda ahora más flexibilidad en lo tocante a los criterios de convergencia.
París y Berlín quieren atenerse al pacto desde una "perspectiva orientada al crecimiento", indicó el canciller germano, añadiendo que el concepto de estabilidad no deber ser interpretado sólo formalmente, sino abarcar también la "dimensión política del crecimiento". Un punto con el que el presidente francés coincidió plenamente, si bien aseguró que los acuerdos de Maastricht serán respetados "en su espíritu y su letra".
Fin de un tabú
Sea cual fuere el giro retórico de los dirigentes políticos, el pacto diseñado para garantizar la estabilidad de la moneda única europea ha dejado de ser un tabú. Los propios encargados de velar por él en Bruselas se rindieron ya a la evidencia de que no resultará factible mantener las exigencias a ultranza, cuando dos de los socios de mayor calibre están en aprieto. Esto, sin mencionar el caso de Italia y de Portugal, que no logran hacer cuadrar sus cuentas dentro de los límites establecidos en Maastricht.
El hecho de que Bruselas haya estado dispuesta a posponer por dos años la meta de alcanzar presupuestos fiscales equilibrados en la eurozona, prevista inicialmente para el 2004, demostró que hay margen para negociar. Y esa es precisamente la "flexibilidad" que demandan París y Berlín, para evitar que las rígidas imposiciones de ahorrar terminen de sofocar del todo la coyuntura económica, que se resiste a repuntar. El riesgo, sin embargo, consiste en que se haya abierto una caja de Pandora y cada uno sucumba a la tentación de intentar adaptar las reglas a sus necesidades.