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Cuando 19.000 polacos encontraron refugio en África

Martina Schwikowski
2 de junio de 2019

Miles de refugiados polacos fueron evacuados a África durante la Segunda Guerra Mundial. Un cineasta canadiense siguió los pasos de la increíble historia de sus antepasados.

Dokumentarfilm  Memory is Our Homeland
Imagen: www.memoryisourhomeland.com

Cuando Jonathan Durand viajó por primera vez a África a los 20 años se sintió superado por una extraña sensación de estar en su hogar. "Eso fue extraño para un joven blanco de Canadá", dice. Durand solo comprendió gradualmente por qué los alrededores le parecían tan familiares: durante y después de la Segunda Guerra Mundial, su abuela polaca vivió temporalmente en un campo de refugiados en la actual Tanzania. Sus historias de una infancia inusual al pie del monte Kilimanjaro habían quedado grabadas en su alma: "Que una abuela polaca te diga que se ha ido de safari en la montaña más alta de África inspira la imaginación de un niño", expresa Durand en entrevista con DW.

Como joven estudiante de historia, se sorprendió de que apenas podía encontrar información sobre la historia de sus antepasados. Hasta su profesor nunca había oído hablar de los campos de refugiados polacos en África. "Fue entonces cuando empecé a investigar", recuerda Durand. Los testimonios de su abuela sobre la vida en la pequeña ciudad de Tengeru, en el norte de Tanzania, motivaron al cineasta a embarcarse en un viaje cargado de emociones. Fue a la búsqueda de su historia familiar, que Durand terminó plasmando en su documental Memory is our Homeland (La memoria es nuestra patria). El documental, quel ganó el Premio del Público en el Festival de Cine RDIM en Montreal en 2018, es el resultado de nueve años de viajes de investigación a través de Europa del Este, Oriente Medio y África.

Una compleja historia de migración

La abuela de Durand, Kazia Gerech, vivió con sus hermanos y padres desde 1942 hasta 1949 en simples chozas de paja en Tanganyika, que luego fue administrada como un mandato británico. La comunidad polaca en el pequeño pueblo de Tengeru cultivaba vegetales y hacía zapatos, colchonetas y objetos de sisal. En sus viajes a los antiguos lugares de los campamentos de refugiados en Sudáfrica, Tanzania y Zambia, Durand recopiló las impresiones de esa época de las personas mayores: "Tenían buenos recuerdos de los polacos, a menudo eran sus primeros contactos con los blancos". Y también por parte de los refugiados. Las relaciones con la población local tuvieron una memoria positiva, apunta Durand. "Eran jóvenes y estos encuentros interculturales han dado forma a su humanidad".

Kazia Gerech (en la puerta) frente a la choza de su familia en 1946Imagen: www.memoryisourhomeland.com

"Fue una convivencia amistosa", confirma la investigadora de migración Julia Devlin. Incluso a veces celebraban misas juntos. Devlin conoce los antecedentes de la odisea que atrajo a cerca de 19.000 personas desde Polonia a África. Todo comenzó con el protocolo secreto adicional del pacto de no agresión germano-soviético de agosto de 1939, en el que la Alemania nazi y la Unión Soviética dividieron de facto a Polonia y otras partes de Europa del Este entre ellas. Solo unos días después, ambas potencias invadieron Polonia.

Al igual que los nazis en el oeste de Polonia, la Unión Soviética en su parte del país ocupado comenzó a llevar a cabo una limpieza étnica. Cientos de miles de polacos, incluidos muchos judíos, fueron deportados en cuatro oleadas a Siberia y Kazajstán, donde trabajaron principalmente en granjas colectivas. Pero en 1941, el destino de los deportados volcó radicalmente.

A través de Irán hacia África

"Después del ataque alemán a la Unión Soviética, los aliados llevaron a los rusos a su círculo para luchar contra Hitler", explica Devlin. Polonia tomó contactos diplomáticos con la Unión Soviética y provocó la liberación de los deportados polacos. "La idea del Gobierno polaco era que estas personas formaran un ejército que luchara contra Hitler del lado de los aliados". Los voluntarios fueron llamados a reunirse en Busuluk, en el sur de la Unión Soviética, para formar el ejército allí. No obstante, no llegaron solo hombres sanos y aptos para luchar. Con la esperanza de abandonar finalmente la Unión Soviética, muchos otros deportados polacos de todas partes del país  también se embarcaron en el arduo viaje.

Un total de alrededor de 19.000 refugiados polacos, incluidos muchos niños, pasaron la guerra en África.Imagen: www.memoryisourhomeland.com

Debido a que no había suministros adecuados, tanto para el ejército en constante expansión como para los civiles en Busuluk, los aliados decidieron sacar a los polacos del país, primero a Irán. Mientras que los hombres allí recibieron una educación militar, poco tiempo después salieron a Italia. Inicialmente no se tenía claro qué debía pasar con los civiles. "Ningún país quería tomarlos por mucho tiempo", dice Devlin. Finalmente, el Gobierno británico acordó buscar refugio para los civiles en los territorios coloniales británicos. Así, los exdeportados llegaron a Tanzania, Sudáfrica, Zimbabue y otras partes de la esfera de influencia británica, donde estaban a salvo de la guerra.

La abuela en toma original

Después del fin de la guerra, los responsables de África instaron a deshacerse de los refugiados. "Los países africanos estaban en camino a la independencia y no querían vestigios que les recordaran el dominio colonial", explica Devlin. Gradualmente, los polacos abandonaron sus países anfitriones y emigraron a Gran Bretaña, Australia o Canadá. "No podían ir a su tierra natal, esa era la tierra soviética".

Un cementerio polaco en TanzaniaImagen: www.memoryisourhomeland.com

La abuela de Jonathan Durand vino a Inglaterra en 1949. Allí conoció a su esposo, un sobreviviente polaco del campo de concentración de Majdanek. Juntos emigraron a Canadá en 1954. Además de las muchas pequeñas piezas históricas que Durand descubrió durante su proyecto, una experiencia hacia el final de su investigación lo impresionó enormemente. En el Instituto Polaco y Museo Sikorski de Londres encontró la única película del campamento de refugiados en Tanzania, en la que vivía su abuela. "Reconocí el hospital allí y un grupo de chicas jóvenes caminando hacia la cámara. Y a la izquierda, sonriendo y con los brazos cruzados, había otra joven, esa era mi abuela", dice Durand. Todavía se le pone la piel de gallina cuando mira las imágenes: "Se siente como una recompensa".

(few/rrr)

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