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Un telescopio en un Jumbo

21 de septiembre de 2011

A 14 kilómetros de altura, a bordo de un Jumbo, los astrónomos recaban datos sobre el nacimiento de estrellas y planetas, o sobre las materias que forman las nubes de gas y polvo, que no podrían obtener desde la Tierra.

Imagen de la nebulosa de Orión, captada por SOFIA.
Imagen de la nebulosa de Orión, captada por SOFIA.Imagen: NASA

Los astrónomos suelen instalar sus telescopios en montañas y en desiertos, o enviarlos al espacio con satélites. Pero también pueden montarlos en un avión, especialmente acondicionado para tal efecto. SOFIA, el observatorio estratosférico de astronomía infrarroja, es un Boeing 747. En su cabina, atiborrada de aparatos y consolas de computadoras, viajan unos cuantos científicos, que observan con extrema atención los datos arrojados por un telescopio instalado en la parte trasera de la nave.

Mirada infrarroja

Durante el vuelo, se abre una compuerta lateral del avión. A través de ella, el telescopio, dotado de un espejo de 2,7 metros de diámetro- lanza su mirada a las profundidades del espacio. Y puede proporcionar datos extraordinarios sobre el nacimiento de estrellas, la atmósfera de los planetas, la composición química de nebulosas de gas y las masas de polvo en las inmediaciones de agujeros negros.

El telescopio se asoma por un costado del Jumbo.Imagen: NASA / C. Thomas

“A esa altura estamos por encima del 99,9 por ciento del vapor de agua de la atmósfera”, explica Eric Becklin, astrónomo de la universidad de Los Angeles y asesor de la NASA en el proyecto SOFIA. Las moléculas de agua absorben la radiación infrarroja del espacio, impidiendo que llegue a la superficie terrestre. Pero a la altura a la que vuela SOFIA, ese velo se disipa. “La luz infrarroja nos permite mirar a través de las nubes de polvo del espacio. Incluso observamos cómo se forman las primeras estrellas en el centro de la nebulosa de Orión –que no se puede apreciar con la luz visible”, dice Becklin.

Extrema precisión

SOFIA es un proyecto conjunto de Estados Unidos y Alemania, que tiene una participación del 20 por ciento en él. La pieza clave es el telescopio, construido por encargo del Centro Alemán de Navegación Aeroespacial (DLR). Igualmente importante es el sistema en que está montado el instrumento, que puede compensar automáticamente pequeñas irregularidades en el movimiento del avión.

Los científicos pueden evaluar los datos en pleno vuelo.Imagen: NASA

“El telescopio podría enfocar con precisión una moneda de cinco euros a cinco kilómetros de distancia”, destaca Eric Becklin. Gracias a dicha precisión, puede captar también imágenes extremadamente nítidas aunque SOFIA se desplace por el aire a casi 900 kilómetros por hora.

Las ventajas de SOFIA

La Tierra no ofrece condiciones apropiadas para la astronomía infrarroja. Una alternativa sería emplear satélites, pero eso tendría un costo mucho mayor que SOFIA, que cuesta cerca de 100 millones de dólares al año. Además, a diferencia de un satélite, un “observatorio volador” puede mantenerse siempre al día con los nuevos avances de la técnica. Así lo indica el subdirector de operaciones científicas, Hans Zinnecker, puntualizando: “SOFIA nunca está listo. El laboratorio regresa cada día a casa y podemos equiparlo con nuevos instrumentos, de acuerdo a los proyectos científicos que tengamos en la agenda”.

SOFIA puede mantenerse siempre en la vanguardia tecnológica.Imagen: NASA

SOFIA está aún en fase de construcción. Por ahora se cuenta sólo con dos cámaras que pueden ser conectadas al telescopio. En el año 2015 se espera disponer de siete instrumentos para examinar de manera óptima las atmósferas de planetas, pequeños cuerpos en los confines del sistema solar o nubes de gas y polvo en la Vía Láctea y galaxias lejanas. A partir del año 2014 se planea realizar hasta 150 vuelos anuales con este observatorio volador, que ha de prestar servicios durante dos décadas.

Autor: Dirk Lorenze / Emilia Rojas

Editor: Enrique López

 

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