Suspiros de alivio
1 de marzo de 2003
Para la diplomacia alemana fue un desafío de marca mayor. La presidencia rotativa del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas no es precisamente un asunto de rutina en estos momentos en que la crisis iraquí mantiene enfrentados a los miembros del organismo que, por lo demás, se juega su propia credibilidad ante la opinión pública mundial. Especialmente delicada era la situación para Alemania, debido al categórico rechazo de su gobierno a los planes bélicos de Estados Unidos. Una postura que, según los detractores del canciller Gerhard Schröder, habría despojado a Berlín de influencia para negociar y propiciar acercamientos.
Equilibrismo diplomático
Febrero, ciertamente, estuvo marcado por la tensión. Prueba de ello es que en el curso del mes se hayan realizado dos sesiones a nivel de ministros de Relaciones Exteriores, algo extremadamente inusual en el gremio. En ambos casos, el ministro de Relaciones Exteriores germano, Joschka Fischer, tuvo que poner a prueba su habilidad diplomática para garantizar que el debate no se desbordara por cauces emocionales, por ejemplo cuando el secretario de Estado norteamericano, Colin Powell, expuso las pruebas con que intentó incriminar a Irak.
La delicada tarea de conciliar la imparcialidad requerida por la presidencia con la defensa de la propia postura, tempranamente definida, no superó a Fischer, que sigue defendiendo con claridad la posición de Berlín, que demanda la prolongación de las inspecciones de armas en Irak. "No comprendo por qué este proceso habría de concluir ahora, precisamente cuando empieza a arrojar resultados concretos", afirmó el ministro este viernes, agregando: "espero que en el Consejo de Seguridad consigamos el cumplimiento de las resoluciones (de la ONU) pacíficamente, mediante los inspectores".
Acentos germanos
Pese a que las atribuciones del presidente son limitadas, el balance de la gestión alemana no es irrelevante, ya que se imprimieron algunos acentos. Dejando de lado las prácticas habituales, gran parte del debate sobre Irak se desarrolló públicamente. Además, los alemanes brindaron a los países que no forman parte del Consejo de Seguridad -en su mayoría contrarios a la opción militar contra Irak- la oportunidad de discutir durante dos días sobre el tema. Por último, organizaron encuentros periódicos de los miembros que no cuentan con un asiento permanente en el gremio, haciéndolos ganar peso como grupo.
Todas estas fueron formas de contribuir, con elegancia, a la causa de buscar una solución diplomática al problema iraquí. La decisión definitiva entre la guerra y la paz aún está pendiente, pero ya no le corresponderá a Alemania presidir la sesión en que se tome. Probablemente es un motivo de alivio para algunos políticos de Berlín. Guinea toma la estafeta en el mes de marzo y la diplomacia germana podrá seguir actuando en un plano menos expuesto, ante la certeza de no hallarse ya en la posición de aislamiento que la oposición alemana reprochaba al gobierno de Gerhard Schröder. Y ese es probablemente el punto más destacado en el balance de este agitado mes de febrero.